Barcas de la Malvarrosa / Óleo sobre tela de 61 x 46 cm / Pintor Alejandro Cabeza
La playa de la Malvarrosa es, sin duda, la playa urbana por excelencia de Valencia. Su nombre, cargado de resonancias botánicas, nos traslada a 1848, cuando Félix Robillard, jardinero mayor del Jardín Botánico, transformó este litoral plantando la especie Malva-Rosa. Lo que antaño fue un punto de desembarco para la pesca y el intercambio comercial entre poblados marítimos, evolucionó hasta convertirse en el refugio predilecto de la burguesía valenciana y en escenario eterno para el arte.
Figuras universales como Joaquín Sorolla y Vicente Blasco Ibáñez encontraron en estas arenas una fuente inagotable de inspiración. En este óleo de 61 x 46 cm, busco retomar ese diálogo con la tradición marítima, capturando la presencia de las barcas que aún hoy custodian la esencia de la playa. A diferencia del bullicio turístico actual, estas embarcaciones reposan como testigos mudos de una historia vinculada al esfuerzo del mar y a la luz única del Mediterráneo.
Al pintar la Malvarrosa, mi interés se centra en la vibración del color sobre la arena dorada y en cómo las estructuras de las barcas rompen el horizonte. Es un ejercicio de síntesis entre el legado del impresionismo valenciano y mi propia interpretación contemporánea de un paisaje que, pese al paso del tiempo y su transformación urbana, sigue conservando su alma marinera y su magnetismo plástico.
Figuras universales como Joaquín Sorolla y Vicente Blasco Ibáñez encontraron en estas arenas una fuente inagotable de inspiración. En este óleo de 61 x 46 cm, busco retomar ese diálogo con la tradición marítima, capturando la presencia de las barcas que aún hoy custodian la esencia de la playa. A diferencia del bullicio turístico actual, estas embarcaciones reposan como testigos mudos de una historia vinculada al esfuerzo del mar y a la luz única del Mediterráneo.
Al pintar la Malvarrosa, mi interés se centra en la vibración del color sobre la arena dorada y en cómo las estructuras de las barcas rompen el horizonte. Es un ejercicio de síntesis entre el legado del impresionismo valenciano y mi propia interpretación contemporánea de un paisaje que, pese al paso del tiempo y su transformación urbana, sigue conservando su alma marinera y su magnetismo plástico.