A decir verdad, no soy pescador ni transito habitualmente las riberas marinas; incluso los amaneceres contemplados frente al océano son escasos en mi memoria. Para mi proceso creativo, la temática marina constituye, fundamentalmente, una vía adicional de análisis y profundización en el paisaje, permitiéndome integrar este elemento en mi discurso pictórico. Representa un argumento plástico más dentro del vasto conjunto de mi producción, sin que deban buscarse en ello otras implicaciones ajenas a la estricta investigación artística.
No obstante, es innegable que las marinas poseyeron en el pasado una profunda carga semántica y social. En épocas precedentes, estas obras funcionaban como el reflejo fidedigno de los núcleos costeros y la vida pesquera, capturando una idiosincrasia esencial para su tiempo. Del mismo modo que ciertos paisajes simbolizaron el ámbito rural, o las representaciones del París cosmopolita encarnaron el espíritu de su sociedad, estas temáticas se catalogan hoy bajo el epígrafe del costumbrismo.
Durante décadas, la figura del pintor valenciano de la luz y el color fue deliberadamente marginada en los círculos académicos y por aquellos sectores adscritos a un pensamiento simplista. Su legado se transformó casi en un tabú. La figuración pictórica aún hoy arrastra complejos y es objeto de prejuicios derivados de modas culturales efímeras y de una crítica, en ocasiones, más próxima a métodos inquisitoriales e intereses extrínsecos que a la esencia misma del arte. Tales fenómenos explican el silencio sistemático que rodeó su obra; un mutismo que, afortunadamente, se ha quebrado en la actualidad. Este cambio de paradigma se precipitó cuando un célebre pintor, reconocido por sus bodegones de membrillos, comenzó a disertar sobre la relevancia del color y la luz, rectificando sus posturas previas y contradiciendo a quienes, como él mismo en el pasado, se contaban entre los detractores de esta escuela.
El mercado del arte manifiesta un interés intrínseco en toda creación concebida con fines mercantiles. Aquellas obras de evocación nostálgica, estética romántica o contenido contemporáneo, al concitar la complacencia del público, son las primeras en ser tildadas de comerciales. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿existe alguna temática exenta de este riesgo? ¿No están las representaciones urbanas igualmente expuestas a esta sospecha? Incluso los autores carentes de un tema definido que reiteran un esquema formal estático, ¿no participan de esta misma dinámica al repetir una estética artificiosa en beneficio propio? Estas circunstancias no hacen sino distorsionar la apreciación de la pintura y la comprensión de los géneros abordados en los distintos periodos históricos.
La temática marina, por su naturaleza intrínseca, se ha convertido en un objetivo vulnerable para el comercio artístico, el cual suele desatender la ejecución técnica, el origen o la autoría de la obra. En la actualidad, la marina, despojada del sustrato histórico que le otorgaba sentido, ha quedado reducida a un género más, equiparable a la pintura de alta montaña, al paisaje urbano o a la escena rural.
