En esta composición, el paisaje de Denia se despoja de lo accesorio para centrarse en la solidez de su fisonomía geológica. Las formaciones rocosas, esculpidas por la erosión marina y la salinidad, se erigen como los pilares fundamentales de una escena donde la quietud es solo aparente. La obra explora la dualidad entre la dureza de la piedra y la fluidez del agua, capturando el instante en que la luz incide sobre las aristas minerales, revelando una rica gradación de matices ocres y grises.
La técnica empleada subraya la tectónica del paisaje alicantino, utilizando una pincelada decidida que otorga volumen y carácter a cada estrato pétreo. Este estudio del natural no busca solo la representación fidedigna del entorno, sino la comprensión de su estructura interna y de cómo esta reacciona ante la atmósfera mediterránea. La transparencia de las aguas próximas a la orilla permite adivinar la continuidad de la roca bajo la superficie, creando una sensación de profundidad y realismo que vincula el lienzo con la mejor tradición de la marina valenciana.
A través de esta mirada, el litoral de Denia se manifiesta como un espacio de resistencia y belleza atemporal. La sobriedad de los elementos —cielo, mar y roca— se conjuga en una armonía de colores sutiles que invitan a la reflexión sobre el paso del tiempo y la persistencia del paisaje natural.
-Pintor Alejandro Cabeza.