Se aproxima. Puede escuchar ya el sonido de las caracolas y nota cómo la brisa peina sus cabellos grises con dedos solícitos. Él se deja hacer como un niño. Se entrega a la única patria que reconoce como verdadera, la única que nunca le ha vuelto la espalda, la más fiel, la que no lograron robarle ni en los años más sombríos: el mar. El mar en Montevideo, en Buenos Aires, en Cuba, en Palma... El mar incluso más allá de su ventana ahora que llega al final del viaje. Porque él está siempre presente, bañando dulcemente las costas más recortadas y los paisajes más inhóspitos, consolando al peregrino, recordándole con su monótono movimiento que todo es transitorio, que cuanto anhelamos ha de llegar un día… para ser olvidado al siguiente. Que nosotros mismos no somos más que. huéspedes provisionales. Es ya tarde para escribir un discurso de despedida; el sol se pondrá dentro de poco.
(Salomé Guadalupe Ingelmo, fragmento de Con el secreto designio)