Paisaje en la cala Tangó

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Paisaje en la cala Tangó en un óleo sobre tela de 55 x 33 cm. Pintor Alejandro Cabeza 2018.

Apenas queda hoy un rastro sombrío e irreconocible de la que en su día fue aclamada como una de las calas más deslumbrantes y pintorescas de la Costa Blanca. Ubicado en el litoral de la Comunidad Valenciana, este rincón conserva el singular testimonio de ser el único reducto costero que ha sobrevivido en el área del puerto, un enclave donde la memoria colectiva y la erosión del tiempo libran una batalla constante por mantener con vida el encanto original que atraía a lugareños y visitantes por igual.

La singularidad de esta playa no solo radica en su geografía, sino también en las curiosas historias que terminaron por forjar sus topónimos históricos. Uno de sus nombres más emblemáticos nació de la estampa cotidiana y casi devocional de un «pope», un sacerdote de la Iglesia ortodoxa rusa que convirtió la cala en su refugio particular. Desafiando la lógica de las estaciones y el rigor de los meses de invierno, el clérigo acudía diariamente a sumergirse en sus aguas; una constancia tan insólita e inalterable que fueron los propios vecinos quienes, asombrados ante aquella escena repetida día tras día, acabaron por rebautizar la playa con el apelativo con el que hoy aún se la recuerda.

Por su parte, el segundo topónimo guarda un origen de marcado carácter marítimo e histórico, ligado a la protección de las aguas de la zona. A escasos metros de la antigua cala, ubicado sobre un prominente saliente rocoso que hoy permanece cubierto y protegido por una malla de contención, se alzaba una antigua pasarela ideada para el socorro de náufragos. Esta estructura guardaba un asombroso parecido con las plataformas conocidas tradicionalmente como «tangó» —tangón en castellano—, aquellos báculos o pescantes que los antiguos buques de guerra desplegaban a ambos costados para amarrar embarcaciones menores o maniobrar en la mar.